Relato místico-erótico · Universo Alquimia del Placer
Hay liberaciones que no vienen del alma sino de la piel.
Este relato es la voz de un hombre que aprendió a tocarse sin miedo, y al hacerlo, descubrió quién era.
Durante mucho tiempo, me temí. Temí mi cuerpo, mis pensamientos, las noches en que la soledad se convertía en un espejo donde nada podía esconderse. Me enseñaron a no sentir demasiado, a mantener las manos quietas, el deseo bajo llave, el alma doblada. Y sin embargo, el fuego seguía ahí, esperando.
Una noche ya no pude contenerlo. Apagué las luces, encendí una vela y me quedé desnudo ante mí mismo. El silencio era tan profundo que podía oír mi respiración. Me miré. No como un juez, sino como quien descubre un territorio sagrado. Y por primera vez, mis manos no fueron castigo. Fueron oración.
No busqué placer: busqué verdad. Pero el placer vino igual, lento, claro, honesto. Era como si mi piel me hablara en un idioma antiguo. Cada roce, cada temblor, me devolvía fragmentos que había perdido. El miedo se fue cayendo de a poco, como polvo antiguo. Y en su lugar, nació algo luminoso: amor.
No hacia otro cuerpo, sino hacia el mío. Me toqué con ternura, con gratitud, como quien se pide perdón sin palabras. Y en ese contacto descubrí algo que nunca me dijeron: que el placer no me separa de lo divino, me acerca. Que sentir no es un pecado, es un portal.
Hubo un momento en que cerré los ojos y sentí que todo se disolvía. El espejo ya no mostraba un hombre dividido. Solo luz, respiración y una calma profunda. Me amé. De verdad. Con la certeza de quien al fin se reconoce.
Desde esa noche, sé quién soy. No un cuerpo que teme, sino uno que celebra. No un deseo oculto, sino una llama libre. He comprendido que tocarme fue mi forma de sanar, que el placer consciente no me rompe, me revela.
Y cuando la vela se apagó, me quedé en silencio, con la piel tibia y el alma despierta. Por primera vez, no tuve vergüenza. Solo libertad.
