Él la miró como si ya supiera lo que haría con ella. La llave dorada descansaba entre sus dedos, pero antes de entregarla, la atrajo a su cuerpo. Su pecho firme contra el de ella; sus brazos la rodearon con una fuerza lenta, segura, como quien reclama algo que le pertenece.

El primer beso fue apenas un roce, suave, un anuncio. El segundo bajó más hondo: le robó el aire y le encendió los músculos. Sus labios quedaron a un susurro. —Cuando entres, no saldrás igual— murmuró, rozando los suyos al hablar.

La guió por el pasillo abrazándola por detrás. Su boca encontró el cuello de ella: un beso lento, cálido, con el sabor especiado del vino y la canela. Sus manos descendieron por sus brazos, como memorizando cada curva antes de llegar al salón.

El círculo de fuego ardía en tonos ámbar y carmesí. Él la sostuvo por la cintura, pegando su cuerpo al de ella, y la acercó a la línea ardiente. —Aquí se olvidan los límites— le dijo al oído, y besó su hombro, ascendiendo hasta su oreja. —Aquí cada beso es un hechizo.

La giró con suavidad. Sus manos le enmarcaron el rostro y la besó de nuevo, más lento, más profundo; un beso que la dejó temblando. La llave pasó de su mano a la de ella, pero sus dedos siguieron entrelazados: no la soltó, la sostuvo con el calor de su piel.

La abrazó otra vez, más cerca, como si el abrazo fuera el portal. Sus labios buscaron los de ella en intervalos breves, hambrientos y tiernos a la vez, mientras el fuego crepitaba alrededor. —Cruza conmigo— pidió, con los labios aún contra los suyos —y déjame perderme en ti.

Entonces la llave ardió… o quizá era ella. El mundo se redujo a un abrazo apretado, a besos que crecían como llamas, a la certeza de que el círculo no se cruza con los pies, sino con el deseo.

“Algunas llaves se entregan con los labios, algunos círculos se cruzan abrazados… y hay cuerpos que arden más que cualquier llama.”

¿Quieres invocar este ritual en casa? Aceites, fragancias y velas para encender tu propio círculo.

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