Hay cuerpos que se recuerdan sin tocarse. Hay miradas que invocan.

Esta es la voz de un hombre que no intenta comprender la magia, solo rendirse a ella.

No sé qué hace conmigo. No lo entiendo. Hay momentos en los que su presencia se siente como una caricia de aire: leve, tibia, imposible de atrapar. Y otros, en los que su mirada me desarma como si mi cuerpo fuera arcilla bajo su fuego. Tiene algo que no se explica. No es solo belleza. Es esa calma peligrosa de quien conoce el poder que tiene y lo usa con la suavidad de una flor que también es veneno.

A veces la veo y juro que la luz cambia de dirección. Es como si el día se inclinara hacia ella. Cuando sonríe, el tiempo se dobla; cuando me toca, no hay pensamientos, solo esa electricidad que recorre la piel hasta volverla promesa.

Hay instantes en los que es pura dulzura: mueve las manos con una delicadeza que me hace querer arrodillarme, quedarme quieto, dejarla mirar dentro de mí. Me habla y la voz se me queda colgando del pecho, como si cada palabra suya fuera un conjuro que me roba el aire.

Pero hay otros momentos —y son los que más me queman— en los que algo en ella cambia. Sus ojos se oscurecen, su respiración se vuelve profunda, y siento que el mundo se detiene a mirarla transformarse. Entonces ya no es hada. Es fuego. Y yo, sin quererlo, me acerco, me rindo, me pierdo.

Su cuerpo no tiene prisa; se mueve con la seguridad de quien sabe que el deseo también puede ser oración. No busca poseer: invoca. Todo en ella es rito. Cada gesto, cada pausa, cada silencio. Me toca y lo que debería ser contacto se convierte en revelación: la piel no se siente, se recuerda.

Y mientras la observo, me doy cuenta de que no quiero entenderla. Quiero quedarme aquí, en este límite entre el miedo y la entrega, entre la ternura y el incendio. Quiero su caos suave, su calma peligrosa, su mezcla de luz y sombra que me vuelve animal y creyente a la vez.

Porque cuando se aleja, todo pierde sentido. Y cuando regresa, el universo se ordena alrededor de su respiración. No sé si la amo o si la temo. Solo sé que en su presencia no hay fronteras: hay deseo que cura, hay amor que quema, hay una verdad que no necesita palabras.

Ella no me pertenece. Nunca lo hará. Y sin embargo, cada vez que cierra los ojos, sé que el mundo entero se inclina ante ella… y yo con él.