La habitación estaba sumergida en sombras suaves. Solo las velas encendidas proyectaban danzas líquidas sobre las paredes de piedra. Aromas dulces y especiados flotaban en el aire: canela, vainilla y una nota incierta que se sentía como deseo líquido.
No sabía su nombre.
Tampoco pregunté.
Lo había encontrado —o me había encontrado— en medio del bosque, justo cuando la luna parecía más grande que nunca. No hubo palabras. Solo una mirada densa como vino tinto, y una energía que me recorrió la piel como un hechizo antiguo.
Ahora estábamos ahí, frente a frente, entre velas y sombras.
—¿Estás lista para cruzar el portal? —dijo con una voz que parecía haber nacido del fuego mismo.
Asentí, y él se acercó.
Sus dedos eran tibios. Cuando rozaron mi cuello, una corriente se deslizó hasta mi vientre. Desató mi blusa lentamente, como si cada botón fuera parte de un conjuro. Me sentí despojada de todo, menos de mi voluntad. Y aun así, yo misma la ofrecía.
Me besó con hambre.
No, no fue un beso. Fue una invocación.
Su lengua sabía a canela y peligro. Mi espalda se arqueó al sentir sus manos explorarme con precisión instintiva. Me colocó sobre un altar cubierto de terciopelo negro, y al oído me susurró:
—Esta noche, el placer será tu ritual. Yo seré tu guía… y tu ofrenda.
La cera de una vela cayó cerca, sobre mi abdomen, como un símbolo ardiente. No dolía. Era excitación pura. Me estremecí.
Sus labios bajaron, explorándome como quien descubre los secretos de un libro prohibido. Su boca encendía partes de mí que nunca habían sido nombradas. Jadeé. Temblé. Me abrí.
Mis piernas lo rodearon cuando entró en mí con fuerza y lentitud al mismo tiempo, como si su cuerpo supiera leer el mío desde dentro. Lo sentí profundo, rítmico, eterno.
No había tiempo.
Solo pulsos.
Solo piel.
Solo velas que se consumían junto con nuestras máscaras.
El orgasmo me tomó como una ola salvaje: me partió, me abrió, me reconstruyó. Sentí que mi alma se expandía en todas direcciones, atravesada por la energía de lo sagrado. Grité. Reí. Lloré.
Y entonces, el silencio.
Él me abrazó sin nombre, y yo lo besé sin promesas.
Al salir de la habitación, las velas aún ardían. Pero él ya no estaba. Solo un pétalo rojo sobre el altar.
“El deseo es un portal. Solo quienes se rinden cruzan.”